Este mercado negro no se limita a grandes ciberataques. En realidad, la mayoría de los datos se comercian de forma silenciosa, fragmentada y constante.

Brechas de seguridad, malas prácticas empresariales y descuidos individuales alimentan un circuito en el que la información personal cambia de manos sin que las víctimas lleguen a ser conscientes de ello durante meses o incluso años.

Cómo funciona la compraventa de datos personales

En el subsuelo de internet, especialmente en foros cerrados y mercados de la dark web, los datos se venden como cualquier otro producto.

Existen catálogos, valoraciones de vendedores y sistemas de reputación que garantizan la fiabilidad del material ofrecido. Un simple correo electrónico con contraseña puede venderse por céntimos, mientras que un paquete completo con datos bancarios, documentos de identidad y acceso a cuentas financieras puede alcanzar decenas o cientos de euros.

Según informes de firmas especializadas en ciberseguridad como Verizon, IBM o ENISA, más del 70 % de las brechas de datos registradas en los últimos años han tenido como objetivo la obtención de información personal.

Estas investigaciones coinciden en que la mayoría de los datos no se utilizan de inmediato, sino que se almacenan, combinan y revenden varias veces hasta maximizar su valor.

Qué tipo de información se mueve en estos mercados

No todos los datos valen lo mismo. Las direcciones de correo y contraseñas procedentes de servicios de streaming o redes sociales suelen ser el escalón más bajo del negocio.

A partir de ahí, el precio aumenta cuando se trata de accesos a cuentas corporativas, plataformas de pago o servicios en la nube.

Especial relevancia tienen los datos financieros y sanitarios. Diversos estudios del Foro Económico Mundial señalan que los historiales médicos completos pueden valer hasta diez veces más que los datos de una tarjeta de crédito, ya que permiten fraudes prolongados en el tiempo.

También se comercia con perfiles detallados que incluyen hábitos de consumo, ubicación y relaciones personales, utilizados para ataques dirigidos y estafas de alta precisión.

Para qué se utilizan los datos robados

El uso más visible es el fraude económico. Transferencias no autorizadas, compras fraudulentas o solicitudes de créditos a nombre de terceros siguen siendo prácticas habituales.

Sin embargo, el verdadero negocio está en la explotación a largo plazo. Con datos personales bien estructurados se construyen campañas de phishing altamente personalizadas, capaces de engañar incluso a usuarios experimentados.

Otra aplicación frecuente es la suplantación de identidad. Los datos robados permiten abrir cuentas, firmar contratos o acceder a servicios públicos.

Organismos como Europol advierten de un aumento significativo de redes criminales que utilizan información personal para blanqueo de capitales y actividades transfronterizas, aprovechando la dificultad de rastrear responsabilidades.

El papel de la dark web y las criptomonedas

La dark web actúa como el principal punto de encuentro entre vendedores y compradores, aunque no es el único. Canales cifrados de mensajería y foros privados también desempeñan un papel clave.

La mayoría de las transacciones se realizan mediante criptomonedas, lo que dificulta el seguimiento del dinero y la identificación de los implicados.

Datos del FBI y de la Agencia de la Unión Europea para la Ciberseguridad indican que el uso de monedas digitales ha reducido drásticamente las barreras de entrada a este mercado.

Hoy no es necesario pertenecer a una gran organización criminal para comerciar con datos personales, basta con acceso a información robada y conocimientos básicos de anonimato digital.

Las empresas como objetivo y como fuente

Las compañías son uno de los principales objetivos de los ciberdelincuentes, pero también, de forma indirecta, una de las mayores fuentes de datos filtrados.

Configuraciones deficientes, sistemas obsoletos y errores humanos provocan exposiciones masivas. El informe Cost of a Data Breach de IBM sitúa el coste medio de una brecha en varios millones de euros, una cifra que no siempre refleja el daño reputacional a largo plazo.

Sectores como la sanidad, la educación y el comercio electrónico concentran buena parte de los incidentes. La falta de inversión en seguridad y la dependencia de proveedores externos amplían la superficie de ataque y facilitan el acceso a información sensible.